► No robarás
No robarás, tampoco libros...

En la penúltima semana de Julio de este año leí en el diario Clarín que el 70 por ciento de los DVD alquilados o vendidos son truchos. Esto es, copias piratas de los originales, que no les rinden ni un centavo a los artistas que trabajaron en su ejecución.
La situación es alarmante, y no se atisba una solución inmediata. Sospecho que urgen leyes y medidas punitivas para que el trato vuelva a ser entre productores y artista, y publico; y no entre ladrones y cómplices o estafados. Pero estoy seguro de que no menos importante es la opinión de los intelectuales y creadores al respecto. Las leyes y las medidas punitivas son imprescindibles para garantizar la convivencia en libertad, pero la opinión de los intelectuales y creadores es fundamental para crear empatía y consenso. No es lo mismo que la mayoría de los autores, de cualquier género y signo ideológico, consideren el robo de bienes culturales como un acto aborrecible; que un importante segmento, con voz y presencia pública, pregone su indiferencia al respecto, o incluso condene esta clase de robos con teorías insensatas.
He leído y escuchado a intelectuales defender a los delincuentes que, por medio de Internet, distribuían masiva y gratuitamente canciones ajenas, sin permiso ni compromiso alguno con los creadores de dichas canciones; argumentando que dichos delincuentes eran “la gente” o que oficiaban a favor de “la gente” (lo que sea que “la gente” signifique). El falso progresismo es un virus que corroe la inteligencia, sólo así puede llegar a entenderse que alguien crea que copiar ilegalmente un disco o una película distribuye espontáneamente la riqueza de las grandes compañías en beneficio de los más pobres. O que eso es “socializar la cultura”.
De por sí robar, a una compañía, sea grande o pequeña, o a un particular, es un acto despreciable. Pero, además, argumentar como si se tratara de un acto filantrópico a la Robin Hood combina lo infame con lo insano.
Las grandes compañías pueden cambiar de rubro. Si una multinacional de entretenimiento, que incluye la puesta de la música y el cine, nota que sus productos dejan de dar rédito por culpa de la piratería, lo que hará es cambiar de rubro. ¿O acaso los cultores del robo suponen que las empresas, gracias al latrocinio de particulares, terminarán subvencionando a los artistas a cambio de regalar cultura al mundo? Las pequeñas empresas dedicadas a la cultura, por su parte, ya sea al cine o a la música, se hundirán silenciosamente.
Los perjudicados son los artistas, y los individuos más pobres, que no podrán beneficiarse de una oferta cultural que llegue a la mayor cantidad de gente posible. Robar no conduce a distribuir los bienes culturales, sino a reducirlos; y cuanto más singular sea la película o la canción, más fácilmente desaparecerá, pues ni siquiera contará con el colchón de lo masivo para subsistir en un mundo donde las películas, las canciones y los libros queden al arbitrio de los pillos y los falsificadores.
La apología intelectual del robo también revela un fuerte desprecio por el arte y por la libertad de expresión. Yo no he escuchado a intelectuales jactarse de haber robado electrodomésticos o comentar divertidos que nada se disfruta más que un par de anteojos robados. Incluso, aunque no estoy seguro, creo que los avergonzaría reconocer que han robado objetos no relacionados con la cultura. En cambio, basta dar una vuelta por Internet para encontrarse con centenares de artículos en los que escritores y aspirantes a escritores se jactan de los libros que han robado. Dan por hecho que el trabajo intelectual no vale nada. Que la literatura, la creación, la imaginación, no merecen la recompensa de que otro esté dispuesto a cambiar su trabajo por el trabajo del escritor.
El robo de libros, en particular, goza de prestigio en extendidos círculos intelectuales. “Yo robé tal libro en tal lado”, se jactan. “Mi mejor robo de libros”, escriben. Es cierto que el robo de un libro, aun siendo un acto contra los libros en general, no necesariamente conduce a la copia trucha del mismo (lo que ya se ha extendido por Internet), pero la enunciación jocosa del robo del libro sí genera un efecto de desvalorización y de invitación al comportamiento necio y autodestructivo.
Curiosamente, la mayoría de estos sonoros casos de salón suelen declamar sus simpatías por los trabajadores y la justicia social. Pero finalmente contribuyen al perjuicio de todos aquellos trabajadores vinculados a la cultura y colaboran, a su modo, con esta debacle en que los bienes culturales son tan despreciables que el 70 por ciento de las películas en DVD ya no les rinden un centavo a los artistas. Por otra parte, ha sido también propio de este segmento, al igual que lo han hecho los cultores de la derecha autoritaria, despreciar la libertad de expresión como “un lujo burgués”.
Todo es un lujo burgués para ellos: las librerías bonitas, los libros de tal o cual precio, y la propia libertad de expresión. Lo que más les gusta de lo que fue y los estropajos que quedan del llamado “socialismo real” no son las pequeñas cotas de igualdad social que se llegaron a alcanzar, sino su sostenido éxito en eliminar la libertad de expresión. En este sentido, el robo de libros, de películas o discos, por parte de particulares, llevaría finalmente a su utopía final: un mundo sin artistas, en el que todos fuéramos “iguales”, sin particularidades ni diferencias.
En una democracia, el que roba un libro, roba años de trabajo a gente que lo ha dado todo por expresar un par de ideas. Roba ideas y roba la misma idea de libertad de expresión. Cada película robada es una película menos que se producirá en el futuro. Cada película copiada ilegalmente es una apuesta en contra del cine. Y si algo necesitamos en este mundo desdichado, es arte, libros, películas, discos.
Mi consejo para todos ellos, y para todos nosotros, es leer una vez más los Diez Mandamientos. No son muy rebuscados, ni especialmente difíciles de cumplir. No nos exigen que seamos héroes, tan sólo que no robemos. Lo dicen de un modo categórico y sencillo de comprender: no robarás. Creo que todos viviríamos mejor, y con seguridad mucho más divertidos, si simplemente fuéramos capaces de aplicar esta máxima.

Marcelo Birmajer “El columnista” CLARÍN, Ñ,
 Revista de Cultura, sábado 25 de Agosto
de 2007, pág. 41, edición especial
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